El desafío de la formación integral en los tiempos del individualismo

Viernes, Noviembre 25, 2016 - 13:18
Tenemos el desafío de complementar el desarrollo intelectual y los logros académicos de los estudiantes, con el fortalecimiento de habilidades y actitudes que apoyen la realización de un proyecto de vida en gestación, facilitando la toma de decisiones a través de directrices valóricas.

Inserta en un mundo de creciente competitividad, desde hace varios años la labor educativa en el nivel escolar se ha centrado principalmente en lograr resultados de aprendizaje medibles: notas, puntajes y todo tipo de indicadores que nos permitan afirmar que estamos avanzando en alcanzar la tan ansiada excelencia académica.

Si bien esta tendencia ha tenido importantes consecuencias positivas, ha significado también dejar de lado la formación en valores, un área menos medible en términos de datos duros, que pareciera no relacionarse directamente con el acceso a la educación superior ni con el abrir puertas al “mañana” de los estudiantes.

A esto se suma la realidad social actual de la familia chilena, en la que las extensas jornadas laborales de ambos padres y las dificultades en la comunicación (mediada en gran medida por la tecnología), han redundado en una menor dedicación de los apoderados a la labor formativa en el hogar, delegando esta importante misión a los colegios.

Como consecuencia, existe poca voluntad y capacidad de los padres para poner límites a sus hijos, por lo que la relación de autoridad se vive cada vez de forma más difusa. Esto redunda en un contexto de mayor exigencia para los profesores, puesto que existe escaso respeto a su autoridad en la sala de clases, lo cual dificulta aún más la labor formativa.

Como respuesta a este complejo escenario, es fundamental construir una propuesta de educación integral, en la que resurja como protagonista el área formativa. El desarrollado por EducaUC es un modelo distintivo que se caracteriza principalmente por el concepto de la Acogida, como una actitud que permea todo el quehacer escolar, permitiendo valorar la dignidad del otro a través de cada palabra, mirada, actitud y acción. Esta labor se plasmó en programas concretos que se enfocan principalmente en cuatro áreas: Orientación, Fe y Cultura, Pastoral Social y Convivencia Escolar. 

Para llevar a cabo este programa fue necesario constituir equipos de trabajo centrados en abordar la tarea formativa en forma transversal, colaborando con la dirección, las coordinaciones académicas, los profesores jefes, los docentes de asignatura, los apoderados y los alumnos. Desde su concepción, la misión fue clara: lograr la formación integral de los alumnos, a través de la socialización de virtudes universales y cristianas que impregnen tanto la vida escolar como extra escolar, velando por llevar a la práctica el Proyecto Educativo y los valores que de él se desprenden.
Pero no basta con formar equipos y elaborar planes de trabajo en estas importantes áreas. Ello debe ir de la mano con un esfuerzo constante por capacitar a los docentes para que puedan realizar adecuadamente su labor formativa. Si bien la gran mayoría maneja satisfactoriamente su disciplina académica, son muy pocos los que han recibido formación para enfrentar la tarea titánica de ser profesor jefe. Tampoco han sido preparados para realizar entrevistas a alumnos y/o apoderados, ni para escuchar a sus estudiantes de forma activa o adoptar métodos pedagógicos inclusivos. Se necesita contar con profesores que consideren la originalidad de cada niño al momento de enseñar, teniendo presente que no es un mero receptor de mensajes, sino un sujeto de aprendizaje.

Se trata de múltiples acciones enmarcadas en el fin de contribuir a la construcción de una cultura organizacional orientada hacia la colaboración mutua, el autoconocimiento y el desarrollo de la autoestima de los estudiantes, quienes pueden sentirse parte de una comunidad educativa que los acoge, los reconoce y los potencia, respetando a cada uno en su unicidad.

Todas estas consideraciones buscan intencionar el quehacer educativo para complementar el desarrollo intelectual y los logros académicos de los estudiantes con el fortalecimiento de habilidades y actitudes que apoyen la realización de un proyecto de vida, facilitando la toma de decisiones a través de directrices valóricas. Estamos llamados, cada uno de nosotros, a seguir estudiando y a reflexionar en torno al bien que buscamos y su sentido. El educador necesita ser un constante buscador de la verdad, en el ser humano y en cada uno de sus alumnos. Sólo así formaremos ciudadanos que ejerzan la libertad con propiedad, en pos del bien para sí mismos, para la sociedad y para el país.

Necesitamos salir del individualismo y la competitividad que caracterizan a nuestra sociedad para volver a construir vínculos, acompañando a los profesores para que no se conformen con ser meros instructores y se conviertan en reales formadores. El desafío es grande: hacer que la formación en virtudes sea tan significativa para el alumno, que él mismo decida incorporarla a su vida.

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